TRAS LA ETIQUETA “REFUGIADO”

Kenia es un país que goza de estabilidad política. Prueba de ello son la cantidad de grandes compañías y organizaciones que tienen sede en Nairobi. Por la misma razón, son muchos los refugiados que vienen aquí. A diferencia de un migrante, un refugiado huye de su país motivado por un miedo razonable a estar en peligro. Los migrantes, por otro lado, suelen marcharse por motivos económicos o en busca de oportunidades de las que carecen en sus países. Así pues, ambos huyen de una situación insostenible, pero con una diferencia, el miedo. El miedo o temor es un concepto claramente enfatizado en la definición de refugiado de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951, según la cual, un refugiado es aquella persona que:

Teniendo un temor bien fundado de ser perseguido por razones de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un grupo social particular u opinión política, está fuera de su país, de su nacionalidad y está inhabilitado o, a causa de este miedo, no quiere optar por la protección de este país.

Esta es una de las primeras cosas que aprendí al llegar al Jesuit Refugee Service Kenya unos meses atrás. El JRS (SJR en español) es una organización fundada en 1980 para dar respuesta a las necesidades de los refugiados. Hoy está presente en más de 50 países alrededor del mundo. JRS Kenya es parte de JRS Eastern Africa, que incluye Ruanda, Burundi, República Democrática del Congo, Sudán del Sur, Tanzania, Uganda, Etiopía y Kenia.

JRS Kenya sirve a los refugiados que provienen de la mencionada zona de África. La ya comentada estabilidad de Kenia parece realzada cuando echamos un vistazo al contexto de algunos países vecinos. Por mencionar algunos, tenemos Sudan del Sur, el país más joven del mundo que, tras dos guerras civiles con el resto de Sudán, consiguió su independencia en 2011. Desde entonces se encuentra sumido en una nueva guerra civil. Después está Ruanda, el escenario del conocido genocidio hacia los Tutsis, que tuvo lugar en el año 94. Un baño de odio y violencia en el que murieron más de medio millón de personas mientras la comunidad internacional hacía oídos sordos. Somalia, el país que ocasionalmente aparece en los telediarios europeos por los famosos piratas, calificado como un estado fallido por muchos. Etiopía, actualmente sumida en una guerra civil. República Democrática del Congo, donde diferentes milicias y grupos armados se enfrentan sembrando el caos en una lucha por los abundantes recursos naturales

Actualmente todo el mundo tiene los ojos puestos en Ucrania, todos siguen de cerca cada novedad en el conflicto y una ola de solidaridad hacia el pueblo ucraniano recorre buena parte del mundo. Pero creo que es bueno preguntarse algunas cosas: ¿Somos tan solidarios cuando se trata de refugiados africanos? ¿Cuánto sabías de los conflictos que he mencionado? Y sobre todo: ¿Cuánto nos importa?

Tristemente, nuestra indiferencia con respecto a lo que pasa más allá de occidente no es ninguna novedad. Yo he podido tomar conciencia y aprender más sobre estas realidades gracias al trabajo en JRS Kenya (Véase un articulo de Entreculturas para conocer más sobre el tema: Crisis olvidadas en África | Entreculturas).

En JRS Kenya no solo tengo el privilegio de trabajar para refugiados, también tengo a algunos como compañeros. Compartir una cena con estos, o resolver juntos un asunto urgente durante una mañana o enseñar a alguno a tocar la guitarra después del trabajo son las pequeñas cosas que terminan creando una amistad. Desde esa amistad, aprendo más sobre algunas de las dificultades a las que los refugiados se enfrentan en Kenia, como los infinitos obstáculos que encuentran para obtener un pasaporte o un permiso de trabajo. Un refugiado no goza de los mismos derechos y libertades que un nacional, de eso no cabe duda. Pero es al tratar con los beneficiarios cuando uno se da cuenta de que la grave situación en la que viven va más allá de esa falta de derechos.

Para muchas de estas personas, el no poder acceder legalmente al mercado laboral, no contar con un documento identificativo válido o el no contar con los recursos suficientes para vivir, son solo algunas muestras de su situación de vulnerabilidad. Esta vulnerabilidad les lleva a sufrir abusos sexuales, a ser perseguidas y amenazadas incluso en Kenia, a soportar vejaciones, abusos de poder e intimidaciones y a tener que aceptar al miedo y a la violencia como compañeros de camino.

Tengo la suerte de ocupar buena parte de mi tiempo en el departamento de Protección. Desde ahí, escucho historias reales con nombre y apellido de la boca de las propias personas que vienen en busca de protección. Anoto las necesidades y el contexto y luego veo cómo proteger a esas personas.

En el campo de refugiados de Kakuma, al noroeste de Kenia, viven unos 250.000 refugiados. Cuando llegué a ese lugar iba tomando notas mentales de algunos de los datos que escuchaba, como los 17 años de media que pasa un refugiado en el campo o cómo ni si quiera el 1% será enviado a un tercer país en el que empezar una vida nueva, debido a la baja tolerancia que nuestros países tienen cuando se trata de recibir a refugiados africanos. Vidas enteras transcurren en el campo de refugiados. Personas nacen, tienen hijos y mueren en el campo, estancadas en el árido desierto del condado de Turkana que, para ellas, es todo su mundo.

No hay que olvidar que hablamos de decenas de miles de personas con importantes diferencias culturales, étnicas y religiosas, conviviendo en un lugar inhóspito, cargando con traumas emocionales e incluso mutilaciones de guerra y sin los mínimos para vivir una vida digna. Por ello, el Kakuma es caldo de cultivo perfecto para las violaciones, suicidios, violencia, adicciones y tantas otras cosas que componen la parte oscura de esta realidad ignorada por tantos.

Sin embargo, no todo son miradas perdidas y lágrimas. Hay espacio para sonrisas, para iniciativas de paz y reconciliación, para jóvenes con ilusión capaces de hacer mucho con muy poquito, para niños jugando en los caminos entre las casetas e incluso para una gran espiritualidad celebrada con el mayor de los entusiasmos. Sí, sería injusto hablar de los refugiados sin mencionar su increíble resiliencia y tolerancia a la frustración. Doy gracias por tener la oportunidad de hablar con estas personas, de bromear con ellas y ver sus sonrisas al saludarles mientras te dicen “Yes, I am fine, and you?”. No tengo ni idea de cómo lidiaría yo con su situación, pero creo que pensar en ello 5 minutos es un ejercicio personal muy sano para nosotros, occidentales.

Es sencillo, son personas de carne y hueso como nosotros, con sueños, miedos, ambiciones, dudas y esperanzas. Gente como tú y como yo. La única diferencia es que ellos tuvieron que huir del país donde nacieron en busca de una vida mientras que, para nosotros, la vida con la que ellos sueñan viene en el pack.

Los movimientos migratorios son un fenómeno global más en la gran maraña de retos a los que la humanidad se enfrenta. Este es uno de esos retos que precisan de una respuesta humana y empática. Una respuesta más fácil de generar cuando, en lugar de ver números y datos, elegimos ver en estas personas a nuestros hermanos y hermanas.

 

Todas las fotos que aparecen en este artículos son de Paula Casado, JRS Eastern Africa

admin

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Comentarios (1)

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    Jordi gili pedrol

    |

    Fantástica Este informe

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