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Patricia, la madrina de Fe y Alegría

Hace 65 años, cuando Venezuela estaba en plena dictadura militar con el general Marcos Pérez Giménez  como gobernante, el padre José María Vélaz sj recorría zonas populares de Caracas, con alumnos de la entonces recién creada Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), de los jesuitas. Ya es conocido el relato que nos recuerda el nacimiento de Fe y Alegría: unos vecinos que les preocupaban muchas cosas, pero sobre todo que sus hijos no tuvieran escuela; la búsqueda de un local por parte del Padre Vélaz y la generosidad de un albañil, Abraham Reyes, que se le acercó y le dijo que cedía un piso de su casa para que abriera la escuela. Voluntarios, estudiantes de la UCAB apoyando, vecinos llevando cajones y sillitas… Todo ese esfuerzo y entusiasmo en el piso de la casa a medio construir de Abraham…

Lo que se recuerda poco es que a Abraham le apoyaba su esposa Patricia. Mujer de origen sencillo, huérfana de madre, que se había casado muy joven con Abraham, que no sabía leer ni escribir, pero como diría su esposo, “era una santa mujer, era muy religiosa y muy buena. Esa mujer fue una bendición para mí”. Esa casita, primer hogar de Fe y Alegría en un cerro de Caracas, ya tenía 7 años de esfuerzo de la pareja Reyes: Abraham pegaba bloques, y Patricia traía en su cabeza baldes con agua desde 2 kilómetros de distancia… Esa primera escuela nació ya con 7 años de trabajo, de Patricia también.

Para 1955, ya la familia Reyes era grande,  eran 6 ya y uno que venía  en camino, Francisco, que nacería en abril de ese año. Sin embargo, ello no fue obstáculo para que Patricia  cooperara con las maestras voluntarias. Niños abajo, con la escuela, y niños y niñas arriba, con sus hijos. En esa labor de cooperación,  Patricia aprendió a leer y a escribir. Fue también su escuela. Es conmovedor. Y entonces ella, a los hijos que vinieron después, 13 en total, les enseñó a leer también. O sea, madre/maestra, como esas maestras temporales, emergentes, que hoy en Venezuela, ante la renuncia de muchos docentes – por los bajos, bajísimos salarios-   asumen tareas extras en nuestros centros educativos… La historia se repite con 65 años de distancia.

Antes de seguir, me voy a corregir, escribí 13 hijos, 7 niñas y 6 niños, pero en realidad fueron 15, porque amamantó a dos vecinitas cuya madre se había enfermado. Eso nos lo contó Nancy, la hija número 6, cuando conversé con ella hace poco. ”Tuvimos dos hermanas de leche”, así le dicen… Recupero ese dato porque la generosidad de María Patricia, su nombre completo, no tenía límites. ¿No creen ustedes?

Patricia también se adelantó a su época, y a sus hijos varones les enseñó a cocinar y a lavar su ropa, tal vez no lo hizo conscientemente por aquello de descuadricular los roles de ellas y ellos, pero en la práctica les enseñó que los hombres también podían cocinar y lavar ropa, que no era exclusivo de las mujeres.

Comentan sus hijas que su madre tenía muy buen sentido del humor, reía con frecuencia y echaba mucha broma. Claro, tantos años entre tanta risa de sus hijos… y los alumnos de Fe y Alegría arrullando a los pequeños… Pero también sabía escuchar y aconsejar, me comentan algunas de sus hijas. “Uno llegaba, ya de adulta, con algún problema en la familia, y ella escuchaba y siempre tenía un consejo”

Nunca se arrepintió de ese regalo que le hicieron al Padre Vélaz, y que hoy recogemos como herencia. Ella, al igual que Abraham, se sintió feliz de poder ayudar al nacimiento de algo que era bueno para todos en el barrio: una escuela. “Uno recibe más cuando da, cuando entrega su vida, que cuando piensa en instalarse”, diría alguna vez Abraham. Pues esa felicidad de su esposo, también era de ella.

Joseba Lazcano, SJ, (2013) nos dice que en gran medida Fe y Alegría es obra de anónimos, y lo dice precisamente cuando se refiere a Patricia. “Patricia salió del anonimato por las palabras de su esposo”, dice Lazcano,  y a nosotros nos corresponde tenerla presente como ese manantial profundo de agua dulce que sabemos que corre pero no siempre lo vemos.

Hablando desde Venezuela, podemos asegurar que  hoy siguen habiendo muchas Patricias en Fe y Alegría: maestras que perseveran a pesar de tantas dificultades, madres que cooperan con las escuelas, madres que se vuelven comadres, como Patricia, y convierten en ahijados a tanto niño y niña cuyos padres se han ido a trabajar a otros países-ante la falta de horizontes en el nuestro.

Desde el cielo, junto a Vélaz y Abraham, Patricia debe estar sonriendo, viendo su herencia multiplicarse, en miles de rostros de niños con el corazón y de Patricias apoyando la defensa del derecho a tener presente y futuro a través de la educación.

 

Luisa Pernalete, Centro de Formación e Investigación Padre Joaquín/ Venezuela

(*) Lazcano, Joseba SJ (2013) Fe y Alegría, un movimiento con espíritu. Centro de Formación, Maracaibo, Venezuela.

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Mujeres Entre Culturas: Salomé

Mujer, Indígena, Rural. Tres palabras que en Guatemala son casi siempre injusta sentencia de exclusión, escasez material y económica, falta de oportunidades, violencia. Tres identidades que Doña Salo supo llevar con y llenar de: dignidad, fuerza, belleza, autenticidad, triunfos, Amor y Vida.

María Salomé Cayax Citalan nace en 1929 en Quetzaltenango, en el seno de una familia de cuatro hijos de etnia k’iche’. No fue a la escuela; comienza a trabajar muy joven y no dejará de hacerlo hasta que un par de años atrás, una caída y una fractura de fémur la obligan, a sus 89 años, a descansar y a dejarse cuidar.

Trabaja 29 años en la Clínica y el Programa  Educativo Materno Infantil de la Parroquia de la Natividad, en el municipio de Santa María Chiquimula. Durante tres décadas recorre decenas de comunidades del altiplano, educando y aconsejando a madres y padres en hábitos higiénico-sanitarios y nutricionales saludables, pesando y tallando miles de bebes y niñ@s, repartiendo alimentos y atendiendo a personas enfermas con el fin de prevenir y paliar la desnutrición infantil, que afecta en torno al 80% de la infancia indígena guatemalteca; hasta convertirse en una figura referente en el ámbito de la salud dentro de la comunidad.

Cuando los años y los esfuerzos de una vida bien peleada van haciendo mella en  el cuerpo pero no pueden con su voluntad de estar al servicio y de ser útil, su trabajo se traslada al almacén, donde pasa el día preparando los sacos de arroz y frijol que luego se distribuirán en las aldeas.

Fue más o menos en esa época cuando nuestras vidas se cruzaron y por eso mientras escribimos estas líneas podemos verla sentada con su mandil, su ropa colorida, su pañuelo en la cabeza, todo meticulosamente ordenado en la bodega. Recordamos como sentarnos a pesar frijol y arroz con ella, era una experiencia de corazón a corazón donde compartíamos dolores y sueños. Sus palabras y sus silencios estaban llenos de amor, siempre agradecida a las oportunidades que le había dado la vida. Cuidaba que cada persona se hallara bien allí donde estaba, ofrecía el cafecito cuando más se necesitaba y era ella quien primero limpiaba los trastes. La humildad que la caracterizaba, no le restaba una milésima al respeto de quien la conocía. Su abrazo y su sonrisa fueron para nosotras bendición y medicina.

Salomé, encarnación de la resilencia; espíritu y carácter de jaguar, como buena hija maya de Guatemala, falleció el pasado 20 de enero, pero sigue caminando por la tierra en los pasos de todas las personas que, como nosotras, tuvieron la suerte de conocerla, quererla, ser transformadas y enriquecidas por ese encuentro.

Gracias Salo, Maltiox* Salo.

¡Que vivan las mujeres luchadoras y bellas de Guatemala!

*Gracias, en lengua k’iche’.

Mila y Ángela son las autoras de este artículo y de las fotos que lo acompañan, ambas son voluntarias de la delegación de Sevilla y realizaron su voluntariado VOLPA en Guatemala.

 

 

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Furtuna: la mujer que agarró el volante del destino

Aterrizamos en Shire, en la región de Tigray, a escasos kilómetros de la frontera de Etiopía con Eritrea. Allí nos espera Furtuna, al mando del 4 x 4 con el logo estampado de JRS. ¡Wow! Primera reacción: Sorpresa. Es la primera vez que me encuentro con una mujer “choferesa” en JRS. Es mayo de 2018. Tengo que conocer su historia, me digo, intrigada.

Octubre de 2019. Volvemos a aterrizar en Shire. Furtuna ha venido a recogernos.  Esta vez, me digo, tengo que compartir su historia.

Tras la muerte de su padre, Furtuna -me cuenta- tuvo que dejar el colegio con 14 años para ayudar en casa, a pesar de sus buenos resultados académicos y de querer seguir estudiando. Empezó a trabajar en el pequeño negocio familiar junto a su madre, preparando café, la bebida por excelencia en Etiopía. Allí se toma en pequeños vasos y su aroma se mezcla con el perfume del incienso y el sabor salado de las palomitas de maíz. Se sirve y se consume pausadamente, en una ceremonia de encuentro y conversación.

Con los años a Furtuna este ritual se le hizo eterno, maduró otras aspiraciones y barajó la posibilidad de irse a trabajar a los Emiratos Árabes  -bajo las condiciones que fueran- para arrancarle una oportunidad al destino y sacar a su familia de la pobreza.

No consiguió dinero para el billete, pero reunió lo suficiente para apuntarse a una autoescuela. Su padre había sido chófer y ella había decidido seguir sus pasos, aunque en Etiopía las mujeres no suelen conducir y menos en zonas muy rurales como la suya.

Esta decisión implicaba dejar su casa y lanzarse a un ámbito prevalentemente masculino. Causó mucha preocupación y dolor a su madre, quien se opuso a su determinación y dejó de dirigirle la palabra. Fue un escándalo también para sus compañeros: algunos la trataron con rechazo, el lugar de la mujer es el asiento de atrás en el coche, afirmaban.

¿Qué le hizo seguir y le dio fuerza ante un panorama tan poco alentador? La determinación. No quería un futuro como el presente de su madre. No quería vivir acosada por la necesidad, sin perspectivas de que las cosas pudieran cambiar.

Empezó haciéndose un hueco en este mundo de hombres conduciendo los autobuses informales que llenan las calles y los caminos africanos, pero lo dejó a los pocos meses por el acoso y la discriminación que sufría: nadie quería subirse a su furgoneta.

Después de estar más de un año en paro, se presentó a una oferta de trabajo: el SJR Etiopía buscaba un conductor, encontró a una conductora.

Hoy día es la coordinadora del servicio para toda la organización: lleva el timón de un equipo de tres personas y aprovecha sus conocimientos y su pasión por la mecánica para la manutención de los automóviles. Con su sueldo contribuye a la economía familiar y mantiene también a su hermana y a su madre, con quien ha hecho las paces gracias a la intercesión de otros familiares.

Furtuna es muy cuidadosa conduciendo, se desliza con agilidad por las carreteras evitando animales, transeúntes, camiones y furgonetas. Se siente segura y confiada. Yo nunca había visto una mujer driver en el SJR. En este tipo de contextos, los conductores son esenciales, porque necesitan saber por dónde moverse y como tratar con los soldados y militares.
Las niñas que viven en los campos de refugiados cuando la ven llegar en el coche le preguntan qué tienen que hacer para conseguir el mismo trabajo.

Furtuna no rinde homenaje a su nombre. Su vida no ha sido llevada por la suerte. Se ha ganado su lugar en el mundo, ha sabido arrancar una oportunidad al destino con empeño y determinación. Su vida es un ejemplo para todos y todas.

 

Mariana Morales, técnica de cooperación de Entreculturas

 

 

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