SJR: Lugar de vida, lugar de encuentro

¿Cuál ha sido tu experiencia con el SJR?

He participado en los equipos de JRS en dos ocasiones, durante tres años en el acompañamiento a los refugiados liberianos y de Costa de Marfil en Guinea Conakry y unos meses en otra etapa en Goma, con los desplazados internos que vivían en aquellos campos.

¿Cómo te ha transformado?

Las personas refugiadas han pasado a ser parte de mi familia desde entonces y sigo vinculada a ellos de alguna manera de forma permanente desde el corazón. Están presentes en mi vida diaria y en la misión desde que viví aquel tiempo compartiendo el día a día con ellos.

 ¿Qué has aprendido a través de ese contacto?

Para mí fue la oportunidad de conocer de cerca la realidad que viven las personas que se ven obligadas a dejar su país a causa de la guerra y desde entonces puedo decir que lo que me enseñó aquella misión me sigue acompañando:

Aprendí el valor de la vida de cada persona, que es mucho más que el dejarse etiquetar por un numero o un calificativo como el ser refugiado.

Descubrí que su potencial es enorme cuando se vive la misión con ellos y desde su realidad; me ayudaron a creer que los proyectos solo tienen sentido si son los destinatarios los que los planifican y quienes trabajan con ellos, lo hacen dejándose hacer teniendo en cuenta el contexto y las capacidades de cada persona, sin dejarse arrastrar por un plan preestablecido, la ley del más fuerte o lo que “debería ser” en vez de lo que es.

Me enseñaron de cuánto es capaz el ser humano con un poco de esperanza cuando se facilita un espacio en el que poder construir juntos el presente, aun en medio de las dificultades tan brutales como las que marca la guerra y en “tierra extraña”.

De su mano comprendí que Dios está realmente en sus corazones más allá de cómo se llame su iglesia o de lo lejos que estén las instituciones de ellos. Aquellos refugiados agradecían a Dios la vida y desde ahí afrontaban el día a día con una fuerza que se contagiaba.

Me mostraron cómo aún sin nada, se puede ofrecer a los más vulnerables el apoyo de tenerles en cuenta, compartir el tiempo, el espacio, los sufrimientos y las alegrías, para construir verdaderos oasis de fraternidad en medio de las tinieblas de un mundo roto y de las páginas más tristes de la historia de un país.

Fueron maestros para mí en el arte de la vida en medio de la dificultad y recibí sus lecciones de tal manera que el guión de sus vidas quedó entrelazado con la mía.

¿Qué es el SJR para ellas?

El SJR que yo conocí fue una plataforma de lanzamiento, tanto para ellos como para quienes formamos el equipo. Casi 20 años después seguimos unidos y en contacto, desde diferentes partes del mundo.
Fue la oportunidad de encontrarme con un grupo de personas, unas 30 000 que representaban a los 50 millones de personas desplazadas y refugiadas y que nos vinculó de una manera perpetua.

Escuela de vida a la que pude invitar después a otras personas que, como yo, han descubierto en medio de las debilidades las fortalezas de una organización que en su esencia encarna lo mejor del anuncio de la Buena Noticia del “Dios con nosotros” (Renders)

Una mediación, por tanto, para los refugiados y para mí, en el aprendizaje de lo que es vivir la misión, en medio de las situaciones de guerra, hermanándonos desde el servicio y los valores universales del evangelio.

Una oportunidad de hacer de la justicia, el amor y la esperanza los retos diarios que buscar, paso a paso, en el quehacer de cada jornada.

El estilo de aquel SJR lleno de sencillez y entrega, abierto a las propuestas de los refugiados y libre de las ataduras de otras instituciones, que pisaban fuerte en aquellos campos, nos permitió defender en todo momento, los intereses de quienes eran los verdaderos protagonistas de nuestra misión y, en medio de muchas dificultades, confiar y apoyarnos en nuestras vidas, en Aquel que nos envió a compartir aquellos tiempos recios siendo amigos en el Señor.

El SJR sigue siendo para mí, el nombre de un lugar sagrado vinculado a Laine, Goma o Rutshuru, y que me hermana con más de 50 millones de personas.

Cova Orejas es una hermana de la congregación de las Carmelitas Vedrunas, Después de estudiar y licenciarse en Derecho y Teología por la Universidad de Comillas de Madrid, vivió durante 15 años en varios países de África occidental y central, trabajando entre otras cosas junto al Servicio Jesuita a Refugiados (SJR) con personas desplazadas por los conflictos de Liberia, Costa de Marfil o el este del Congo.

 

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