LAS VIBRACIONES DEL VOLUNTARIADO

El voluntariado en España goza de buena salud según el termómetro de la Plataforma del Voluntariado de España. Son más de dos millones y medio de personas las que realizan voluntariado de forma estable en nuestro país. En el ámbito de la Cooperación al Desarrollo, la Coordinadora de ONGD habla de veinte mil personas voluntarias que colaboran en diversas actividades en nuestro Estado y más de cuatro mil voluntarios y voluntarias que desarrollan su labor en terreno.

A estas personas hay que sumar otros dos millones que durante los meses más agudos de la pandemia realizaron labores esporádicas de voluntariado. El impacto del COVID-19, al menos en un primer momento, hizo emerger una sensibilidad intensa para sostener la vulnerabilidad de tantas personas que quedaron aisladas de afecto, condenadas a la incertidumbre y amontonadas en el olvido de las grandes cifras.


El ámbito del voluntariado tiene múltiples rostros, se desarrolla desde fórmulas innovadoras y se gestiona desde espacios hace unos años insospechados. En el imaginario social el voluntariado debe crecer e innovar a un ritmo acelerado para legitimarse. Crecimiento, aceleración e innovación se han convertido en el marco moral del voluntariado. ¿Cuántos voluntarios y voluntarias? ¿Desde qué prácticas innovadoras? ¿Y a qué velocidad de adaptación? se presentan como los interrogantes básicos del termómetro del voluntariado. Preguntas que en tiempo de pandemia se han hecho más apremiantes.


Sin embargo, esta aceleración constante nos hace marchar cada vez más deprisa para, al final, quedarnos en el mismo sitio. Nos acabamos convirtiendo en una lavadora que alcanza muchas revoluciones en el centrifugado, pero permanece estática. Porque la pregunta básica del voluntariado sigue siendo como resuena el mundo en su experiencia. La práctica del voluntariado nos permite vibrar con el mundo y para el mundo. El voluntariado es una vibración conmovida por un mundo que nos interpela, nos habla y nos compromete. El mundo vibra y nos hace vibrar cuando nos situamos en espacios de resonancia, cuando sabemos conmovernos y movernos.

El voluntariado, en clave de ciudadanía global, es un espacio de resonancia en el que experimentamos el mundo y somos transformados por el mundo. Un mundo que sigue “gimiendo bajo dolores de parto” (cfr: Rom 8,22) en las fronteras inhumanas, en las hambrunas olvidadas, en la inexistencia de oportunidades educativas para millones de niños y niñas, en los derechos humanos violados sistemáticamente. Un mundo que se presenta como estructuralmente injusto e inhóspito para millones de personas.

El voluntariado busca la vibración del otro como alimento profundo para su compromiso en el mundo y para el mundo.  Para ello se tiene que mover a posiciones excéntricas y buscar otro centro que no sea la competitividad, los honores o la acumulación de riqueza. No estamos hablando de heroicidad, ni de bondad privatizada en acciones personales, como tantas veces comprendemos al voluntariado. El voluntariado es un sueño, que se amasa en el barro de la injusticia, para construir un nosotros inclusivo o como dice el Papa Francisco, en Fratelli Tutti, el “sueño de una fraternidad universal” (nº 106). Otro mundo es posible si descubrimos otra manera de estar situados en el mundo. Por eso el voluntariado es presencia que transforma desde las resonancias del silencio y desde las vibraciones proféticas del grito compasivo.

 

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